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Columna de opinión

De la cama del ateísmo al púlpito presidencial: cómo la fe llegó justo cuando el voto evangélico dejó de ser gratis

El 7 de agosto de 2026, un hombre que pasó décadas siendo ateo se declaró creyente devoto justo en el instante exacto en que le hacía falta el voto evangélico. No delante del confesionario: delante de la nación. Abelardo de la Espriella es, desde este agosto, lo que sus amigos llaman «activista religioso». Sus detractores, menos piadosos, lo llaman de otra forma. Y la pregunta que todos deberíamos hacernos no es si Dios existe, sino si una fe descubre al hombre justo cuando el hombre necesita sus votos.

El converso más puntual de la historia

Hay conversiones que conmueven y conversiones que llegan con cronómetro. La de Abelardo de la Espriella es de la segunda categoría: demasiado perfecta en su timing como para ser casualidad. Durante años fue el ateo declarado, el abogado severo de los casos más sucios del país. Hacia 2020 descubrió a Dios y, según sus propias palabras, «tuvo un proceso». Un proceso tan oportuno que culminó justo cuando Colombia enfrentaba su elección presidencial más reñida y el bloque evangélico se había convertido en el aliado que decidía elecciones desde la sacristía.

No hay que ser un escéptico crónico para notar el patrón: cuando el voto evangélico quedó en juego, el converso renació. La fe no le llegó como una luz en el camino de Damasco. Le llegó como una encuesta.

El gabinete según los pastores

Y el fervor recién estrenado se notó en los nombramientos. Miremos el gabinete como una lotería del cielo:

  • Viviane Morales, la senadora que quiso decirle a las parejas del mismo sexo que no podían adoptar, es ahora la dueña absoluta del Ministerio de Educación. La «perspectiva de género» en las aulas quedó, junto con el ministerio que la protegía, en vía de liquidación.
  • Un fraile católico dirige el SENA. Un fraile. En un Estado laico. Y casi nadie pestañea.
  • Alejandro Ordóñez, el inquisidor que pasa su vida combatiendo el pecado ajeno, embajador ante la OEA — justo el sistema interamericano que este mismo gobierno quiere abandonar. Enviar al cazador del sistema de derechos humanos al sistema de derechos humanos es, cuanto menos, cinematográfico.

No es que el gobierno esté aliado con la derecha cristiana: es que la derecha cristiana está gobernando. La coalición oficial incluye a los partidos evangélicos Colombia Justa Libres y Mira, y el discurso del «Estado laico» se quedó, como Dios en la mesa de los cambistas, esperando a ser echado.

El voto cautivo y la eterna lealtad

Aquí es donde la fe se pone práctica. El bloque evangélico colombiano construyó una maquinaria electoral que ninguna tecnocracia iguala: pastores que movilizan a cientos de miles de fieles disciplinados, feligreses entrenados para votar en bloque, y una doctrina de la prosperidad que convierte la fe en inversión.

Y la maquinaria no distribuye virtud, sino favores. Al frente de la UNP — la entidad encargada de proteger vidas — De la Espriella puso a un hombre involucrado en un escándalo de presunto abuso sexual, cercano a un alcalde investigado por corrupción y que repartió más de trescientos cargos en cuatro meses. Detalle apenas: el futuro ministro de Justicia es el abogado de ese mismo alcalde sospechoso. No importa. En el reino del voto cautivo, la lealtad reina sobre la virtud. Y el que cobraba por «proteger vidas» prometió, quizá sin reírse, que «limpiará la corrupción». El pasado, claro, empieza mañana.

Las libertades que se van, sin despedirse

La historia reciente de las derechas religiosas en el poder no invita a la esperanza. En Polonia, el partido cristiano prohibió casi por completo el aborto y declaró «zonas libres de LGTB». En Hungría, el nacionalismo cristiano capturó la justicia, la prensa y la academia. En Brasil, la alianza evangélica con Bolsonaro terminó en una pandemia gestionada con negacionismo y el asalto a las instituciones en Brasilia.

Colombia no será, lamentablemente, la excepción. El nuevo gobierno ya liquidó el Ministerio de Igualdad, eliminó la Consejería de Derechos Humanos y el Alto Comisionado para la Paz, y anunció que saldrá de la ONU, la OEA y la CIDH — esos «directorios políticos de la izquierda». Así se despide un país que alguna vez dijo que la paz valía la pena.

El remate

Así estamos: el ateo que le predicó a un país entero, hoy presidente de un gobierno «separado para Jesús». Los mismos pastores que durante años lo vieron como el abogado de los casos más oscuros hoy lo bendicen como su elegido. Los fieles que denunciaron la corrupción de los políticos aplauden ahora los nombramientos de cuotas.

No es casualidad que el ateo más conocido del derecho colombiano haya descubierto a Dios exactamente el año en que el voto evangélico era el billete para llegar a la Casa de Nariño. La fe puede ser sincera, por supuesto. Pero cuando la conversión coincide con la conveniencia, el escepticismo no es una falta de fe: es la única prudencia razonable.

Abelardo fue ateo cuando el ateísmo no le costaba votos. Hoy es cristiano cuando el cristianismo le regala el país. Y la pregunta que queda flotando, como el humo de un incensario en una iglesia vacía, es la de siempre: si mañana el voto estuviera en otra parte, ¿cuánto tardaría el nuevo fervor en evaporarse?

Entre tanto, las mesas de los cambistas ya se volvieron a instalar. Esta vez, no en el templo: en el palacio. Y la única oración que vale la pena hacer es pedir que, a diferencia de lo que ocurrió en Hungría, en Polonia o en Brasil, alguien se acuerde de volcarlas a tiempo.

La historia tiene una manera peculiar de repetirse. Y Dios — digamos, por respeto al nuevo presidente — no suele hacer milagros con quien no aprende de ella.


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