# La clasificación de los muertos: cómo los medios colombianos deciden qué vidas importan


La élite nunca muere en silencio

El 7 de junio de 2025, Miguel Uribe Turbay, senador de la República y nieto del expresidente Julio César Turbay Ayala, recibió un disparo en la cabeza durante un acto político en Bogotá. Murió dos meses después, el 11 de agosto de 2025.

La noticia paralizó al país. Todos los medios de Colombia abrieron con su rostro. Portadas de revistas, especiales de televisión, homenajes en el Congreso, condolencias de toda la clase política. Semana, El Tiempo, Caracol, RCN: días de cubrimiento sin pausa. Su viuda, María Claudia Tarazona, se convirtió en figura pública. Sus movimientos políticos siguen siendo titular hoy, casi un año después.

Su muerte fue una tragedia nacional. Y lo fue.

Lo incómodo es preguntarse: ¿qué hace que una muerte sea eso, y otra apenas un número?


Germán Vargas Lleras: hasta los perros salieron en primera plana

El exvicepresidente Germán Vargas Lleras falleció hace unos días. Su muerte copó todos los espacios disponibles en los medios. Semana tituló: «Toño y Henry: la conmovedora imagen de los perros de Germán Vargas Lleras despidiendo su féretro». Hubo artículos sobre su primera esposa, su hija Clemencia, sus relaciones sentimentales. Perfiles, crónicas, análisis político. El presidente Petro decretó un día de duelo nacional.

Nada de esto está mal. Vargas Lleras fue una figura de peso. Merecía reconocimiento. Pero el contraste con lo que les pasa a otras muertes el mismo día es brutal.


Camilo Espinosa Vanegas: el concejal que no era nadie

El 16 de junio de 2025 —seis días después de que le dispararan a Miguel Uribe Turbay— Juan Camilo Espinosa Vanegas, concejal de San Andrés de Cuerquia (Antioquia), de 32 años, con una discapacidad y movilidad reducida, recibió tres disparos de un sicario mientras caminaba hacia su casa.

La historia apareció en Infobae y Semana. Un par de artículos. Un video del crimen circulando en redes sociales. Después, silencio.

Sin especiales de televisión. Sin homenajes en el Congreso. Sin columnas de opinión durante una semana. Sin análisis de su carrera política, sus sueños, su familia. Camilo Espinosa era concejal de un pueblo pequeño de Antioquia, miembro del movimiento político AICO (Autoridades Indígenas de Colombia). No era nieto de un expresidente. No aspiraba a la presidencia. Su muerte no movió la agenda nacional.

Pero su madre también perdió a un hijo.


Mateo Pérez Rueda: el periodista enterrado dos veces

El 8 de mayo de 2026, Mateo Pérez Rueda, un joven periodista, fue asesinado en la zona rural de Briceño, Antioquia, por el Frente 36 de las disidencias de las FARC, bajo el mando de alias Calarcá. No solo lo mataron: primero lo torturaron. Las disidencias «creyeron que era un infiltrado y no creyeron que era un periodista cuya única arma era El Confidente», el medio comunitario para el que trabajaba.

Después de matarlo, lo enterraron para ocultar el crimen. Una comisión tuvo que negociar para recuperar su cuerpo.

Mateo Pérez Rueda no era periodista de Caracol ni de RCN. No tenía un programa de televisión nacional. Era un cronista de su territorio. Alguien que quería «mostrarle al mundo la brutalidad que ocurre donde se cruzan la codicia del narcotráfico y la minería ilegal». Murió precisamente por eso: por ir a donde los grandes medios no van.

Su caso sí tuvo algo de cubrimiento. El Tiempo publicó una investigación. Petro lo mencionó en el decreto de duelo nacional junto a Vargas Lleras. Pero pregúntese cuánto tiempo se mantuvo en los titulares. Cuántos especiales de televisión se le dedicaron. Cuántos columnistas llenaron páginas con su nombre, como lo hicieron con Uribe Turbay o con Vargas Lleras.


Las madres de la Comuna 13: 24 años de silencio

Y luego están los invisibles.

La Operación Orión ocurrió el 16 y 17 de octubre de 2002, en la Comuna 13 de Medellín. El Ejército Nacional, la Policía y grupos paramilitares entraron al barrio para «recuperar el control territorial». Decenas de muertos. Cientos de desaparecidos. Una herida que 24 años después sigue abierta.

Las madres de la Comuna 13 llevan veinticuatro años buscando. Han escarbado con sus propias manos en La Escombrera. Han puesto denuncias, han acudido a la justicia, han marchado, han llorado. La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) tiene el caso. Se han encontrado restos óseos. Pero el cubrimiento que reciben no se acerca ni de lejos al que recibe cualquier político de alto perfil por el solo hecho de respirar.

No hay titulares sobre ellas. No hay fotos de perros despidiendo a sus hijos. No hay decretos de duelo nacional. Nadie escribe columnas preguntándose qué se siente ser una madre que lleva dos décadas sin saber dónde está el cuerpo de su hijo.

¿Por qué? Porque los desaparecidos de la Comuna 13 no eran senadores. Eran jóvenes de los barrios más pobres, atrapados en un conflicto que nunca pidieron.


La jerarquía del duelo

Junte estos casos y lo que emerge es una escalera de cómo valoramos las vidas en Colombia.

En el peldaño más alto: los políticos, la élite. Esa muerte se lleva las primeras planas nacionales, los homenajes en el Congreso, el duelo oficial, semanas de columnas. Lo que importa es quiénes eran.

Un escalón más abajo: personas con cargo público pero sin peso en la agenda nacional. Un artículo, quizás dos. El crimen se reporta, la persona se olvida rápido. El cubrimiento existe por el cargo, no por la persona.

En el fondo: todos los demás. La gente del común, las comunidades marginadas. No son noticia: son estadística. La muerte de un periodista comunitario en Briceño o de un joven de la Comuna 13 no interrumpe la programación. Es otro dato más en el conteo de homicidios del año.

No estoy diciendo que los políticos no merezcan cubrimiento. Estoy diciendo que el sistema mediático colombiano reproduce las mismas desigualdades que el sistema social. Y eso debería darnos vergüenza.

Cuando torturan y matan a un periodista comunitario por contar la verdad desde el territorio, debería ser noticia de primera plana. Cuando ejecutan a sangre fría a un concejal con discapacidad de un pueblo pequeño de Antioquia, debería dolernos tanto como cualquier otro asesinato.

Cuando una madre lleva 24 años buscando a su hijo desaparecido en La Escombrera, su lucha merece tanto espacio como la agenda política del día.


La deuda del periodismo

El periodismo colombiano tiene una deuda pendiente: cubrir las muertes con el mismo estándar de humanidad, sin importar el apellido de la víctima.

Mientras las familias de la élite reciban condolencias nacionales y las familias pobres entierren a sus muertos en silencio, mientras las madres de la Comuna 13 sigan escarbando sin que las cámaras las sigan, el sistema mediático colombiano seguirá siendo un espejo de la desigualdad que dice combatir.

No todas las vidas valen lo mismo para los medios.

Pero deberían.

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